Tiempo perdido

Por José Luis Arce
10 de octubre, 2021

 

Luego de semanas de postergación y dudas por parte de Casa Presidencial, a finales del año pasado se negoció con el FMI un programa con el objetivo de acompañar el ajuste en las finanzas gubernamentales necesario para restaurar la sostenibilidad de la deuda, deteriorada por el impacto del shock pandémico.

Dicha decisión fue, sin lugar a duda, clave para que la política económica recuperara espacios de confianza y, sobretodo, para que se abrieran espacios para la financiación – tanto la externa multilateral como la proveniente del mercado local – elemento fundamental para enfrentar una pesada carga de amortizaciones de deuda gubernamental.

El tiempo no pasa en vano, a casi un año de dicha decisión se está, justamente en estos días, realizando la primera revisión del cumplimiento de los compromisos asumidos por el país en el marco de dicho acuerdo. Por donde se mire, el balance difícilmente será positivo, a pesar de que la aritmética presupuestaria pueda salvar la revisión, en lo estructural, con una notable excepción, muy poco se ha recorrido.

Con excepción del avance en la discusión legislativa del proyecto de ley que reforma el marco institucional que regula el empleo público – proceso complejo en lo técnico y particularmente en lo político, pero en dónde se observó una dedicación genuina de las autoridades encargadas en llevar adelante la reforma y, sobre todo, voluntad de negociación con las diferentes bancadas legislativas – el resto de la agenda necesaria para el ajuste se estancó en medio de un juego político infantil e irresponsable entre el Ejecutivo y los grupos de oposición.

Mientras el tiempo pasaba, las reformas necesarias para el ajuste fueron abandonadas a su suerte por Hacienda y Presidencia que no buscaron acercarse con transparencia y voluntad políticas al Legislativo para negociar y sacar adelante los cambios necesarios. Este patético y miope juego, al final resultó muy útil para una oposición legislativa que, al calor de los fuegos y refriegas electorales y de sus disputas internas, fue transfigurándose y mostrando cada vez más altas dosis de irresponsabilidad, falta de visión y populismo.

De esta forma, la discusión y negociación acerca de los contenidos técnicos y la viabilidad política de esas reformas han sido prácticamente nulas y, lo que es peor aún, se han dinamitado muchos de los puentes que permitirían llegar a acuerdos, en medio de recriminaciones absurdas entre ambas partes que más parecen rabietas de niñatos mimados que una conversación entre políticos responsables.

Entre tanto, Hacienda y el Ejecutivo apuestan a que los resultados fiscales de los primeros meses de este año permitirán salvar la revisión y que las estupendas condiciones de acceso a financiación – interna y externa – se mantendrán, por lo menos, hasta mayo del próximo año.

Sin embargo, más allá de la aritmética presupuestaria y de las buenas subastas, debiese ser claro que dichos resultados pueden atribuirse a eventos extraordinarios no repetibles en el caso del aumento en los ingresos gubernamentales, a una dudosa contención del gasto en el sentido de si efectivamente se están gestionando responsablemente los recortes presupuestarios o si serán sostenibles políticamente en los siguientes meses y a condiciones muy particulares en los mercados financieros locales las que, por cierto, también son temporales y han estado modificándose en las últimas semanas.

En otras palabras, los balances y la financiación gubernamentales siguen siendo particularmente vulnerables y, desde lo estructural, prácticamente nada se ha hecho para corregir la desviación provocada por la pandemia, justamente el objetivo que pretende el programa con el FMI. Como si lo anterior no fuera suficiente, dejar pasar el tiempo, puede erosionar la confianza y agravar la situación añadiendo inestabilidad en mercados clave como el financiero y el cambiario.

Jugar con el cronómetro, dejando correr el tiempo, puede ser una estrategia políticamente útil para el Ejecutivo y para las agrupaciones políticas, en especial, cuando se trata de evitar discutir temas complejos, se quiere agradar a ciertos grupos de interés o simplemente se busca que la bomba de relojería estalle en las manos de otros; pero además de arriesgada, es profundamente irresponsable e indignante desde la perspectiva de los ciudadanos, que finalmente pagaran las consecuencias de este infantil juego de intereses y vanidades.

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